La economía social y la igualdad comparten una convicción profunda: que otra forma de organizar la vida es posible. Ambas rechazan la lógica que convierte la desigualdad en norma, el beneficio en fin último y el poder en privilegio. Ambas colocan en el centro la cooperación entre personas frente a la competencia, la democracia frente a la explotación, la dignidad frente a la acumulación.

En España, como en tantos otros países, la mayoría de quienes forman parte de la economía social son mujeres. Pero esa mayoría no siempre se refleja en los órganos de decisión, ni en la visibilidad pública, ni en el reparto del reconocimiento.
La economía social ha demostrado que puede generar empleo más estable, más igualitario, más digno, más inclusivo. Pero no basta con aproximarse al ideal del trabajo decente: es necesario cuestionar los fundamentos que perpetúan la desigualdad. No se trata de corregir desviaciones puntuales, sino de revisar profundamente las lógicas de poder, las jerarquías normalizadas y las inercias históricas que aún atraviesan nuestras formas de organización. También en el ámbito de la economía social.
Para más información: La economía social, motor de cambio para la plena igualdad | Público
